01La caja, el cajetín y el gesto de componer
La caja tipográfica no es un simple cajón: es un mapa de frecuencias. Los cajetines más amplios y más cercanos a la mano quedan para las letras que más aparecen en la lengua que se compone, y los rincones se reservan para signos raros, cifras o versalitas. Por eso una caja preparada para castellano no coincide del todo con una preparada para otro idioma: cambian las eñes, los acentos, la proporción de las vocales.
Componer consiste en ir tomando tipos de esos cajetines y colocándolos en el componedor, la regleta metálica ajustada de antemano a la medida de la línea. Se trabaja de izquierda a derecha, pero con las letras invertidas y cabeza abajo, de modo que la vista aprende a leer al revés antes de que la mano gane velocidad. La medida se fija una sola vez y no se toca: si el componedor se mueve, todas las líneas siguientes saldrán distintas y la forma no cerrará.
El cran y la lectura al revés
Cada tipo lleva en uno de sus costados una o varias muescas, el cran. Sirven para identificar la posición correcta sin mirar el ojo de la letra: si todos los cranes quedan alineados hacia el mismo lado, la línea está bien montada. También delatan mezclas de fundición, porque tipos de distinta procedencia o de distinto cuerpo suelen tener el cran en otra altura o con otro dibujo. Ese detalle ahorra muchas pruebas: una letra girada se ve enseguida en la línea de cranes, y no hay que esperar al primer entintado para descubrirla.
La otra referencia constante es la altura tipográfica, la distancia entre el pie y el ojo del tipo. En el ámbito europeo continental la referencia habitual es la altura Didot, ligeramente mayor que la angloamericana. Mezclar materiales de sistemas distintos en una misma forma provoca que unas letras impriman con fuerza y otras apenas rocen el papel, y ningún ajuste de presión corrige eso del todo.
Regletas, cuadrados y material de blanco
Todo lo que no imprime también se compone. Las regletas e interlíneas separan las líneas y fijan el interlineado; los espacios finos, medios y gruesos abren las palabras; los cuadratines y cuadrados rellenan los finales de línea. A ese conjunto se le llama material de blanco, y de su calidad depende más de lo que parece: un blanco ligeramente más alto de lo debido sube, toma tinta y aparece como una mancha oscura en la prueba.
Para los huecos grandes —márgenes internos, espacios entre bloques, zonas vacías de la forma— se recurre a piezas mayores, de madera o metal, que ocupan superficie sin aportar peso innecesario. Conviene que encajen por medidas exactas del sistema y no por combinaciones improvisadas: un blanco construido a base de trocitos sueltos se descompone en cuanto se levanta la forma.
- Fijar la medida del componedor antes de la primera línea y no alterarla.
- Comprobar la alineación de cranes al terminar cada línea.
- Justificar la línea con espacios repartidos, no con un único hueco final.
- Reservar el material de blanco por cuerpos y no mezclarlo en un montón común.
- Pasar la composición a galera con una interlínea de separación entre bloques.